¿En qué consiste este espacio?
¿En qué consiste este espacio?
Este es un refugio de palabras y verdad. Un espacio donde las mujeres que así lo sientan puedan compartir pedacitos reales de su camino: momentos de dolor, confusión, despertar, valentía y profunda transformación.
Aquí las historias no nacen desde la perfección, sino desde la honestidad del corazón. Desde lo que dolió, lo que costó, lo que sacudió… y también desde lo que se comprendió, se resignificó y, poco a poco se pudo sanar.
La intención de este blog es que, al encontrarte en la experiencia de otra mujer, sientas alivio, comprensión y esperanza. Que recuerdes que eso que viviste no te hace rara, débil ni equivocada. Que muchas hemos atravesado caminos parecidos… y que también es posible salir de ahí, reconstruirse y volver a casa: a una misma.
Porque cuando una mujer se atreve a hablar o a escribir su verdad, rompe el silencio.
Y cuando otra mujer la lee y se reconoce, algo dentro empieza a sanar también.
Si sientes el llamado de compartir tu historia para nutrir este espacio y regalar luz a otras mujeres que puedan verse reflejadas en tu camino, te invito a llenar el siguiente formulario.
Historias compartidas
Luna Vertiz, 25 de enero 2026. (Haz click para desplegar la historia...)
Cuando tenía cinco años, un día, simplemente, dejé de ver a mi abuelo. Al preguntar por él, me dijeron: “Se fue al cielo, cariño”. No entendí mucho. Solo sé que poco a poco fui dejando de extrañarlo... así como los niños van dejando de buscar un juguete que ya no encuentran.
Pero a los ocho años supe lo que era la muerte de verdad.
Esa mañana, al despertar, lo primero que vi fue un caminito de sangre que iba desde la puerta de mi cuarto hasta el baño. Era mamá. Tenía ocho meses de embarazo y una hemorragia muy fuerte. Sin pensarlo, papá la llevó de inmediato al hospital. Para cualquier pequeña o pequeño, una hora es una eternidad… recuerdo que pasaron muchas eternidades para que una tía llegara por mis hermanos y por mí.
Terminamos, de forma inesperada, en casa de la abuela. No era lo mismo quedarnos por esas invitaciones alegres de las tías para ir al cine o de paseo, que quedarnos por una emergencia que nadie nos explicaba.
Al día siguiente, papá llegó con una caja blanca, de casi medio metro de largo. Dentro iba un bebé al que le pusieron su mismo nombre. Dijeron que era mi hermanito. Estaba como dormido, pero pálido y frío. Había muerto. En el seguro social no tenían suficiente personal para salvar a ambos.
Mamá había sido “salvada” con una transfusión de sangre… y al mismo tiempo contagiada de una enfermedad autoinmune, de esas en las que el cuerpo empieza a atacarse a sí mismo. Se quedó dos meses más en el hospital mientras trataban de entender qué le estaba pasando. Recuerdo que nos llevaban a la banqueta de enfrente para que ella nos saludara desde la ventana de su cuarto, en el séptimo piso. Saludaba con la mano, tan pequeña a la distancia, como si viviera en otro mundo al que no podíamos entrar.
Cuando por fin la dieron de alta, no la reconocimos. Estaba hinchada, su piel se había oscurecido como si estuviera quemada, los labios partidos, abiertos. Mi hermana, que tenía tres años, lloraba e intentaba alejarse cuando mamá quería cargarla. Le tenía miedo a ese "monstruo" como ella le llamaba; se parecía a nuestra madre, pero físicamente ya no lo era del todo.
Con el tiempo sentí que después de aquella mañana la muerte empezó a llegar en cascada.
Murió la salud de mamá, y con ella su alegría y su estabilidad emocional.
Murió su presencia, incluso cuando estaba físicamente con nosotros.
Murió la armonía en el hogar. Y con todo ello… murió también mi infancia.
Con el tiempo comprendí que esa cascada de pérdidas no solo dejó heridas, también dejó huellas que suplicaban ser miradas, sentidas y sanadas. La niña que vivió todo aquello aprendió a sobrevivir como pudo, reprimiendo las emociones que en ese momento eran demasiado grandes para su corazón. Años después, fue esa misma niña interior la que me obligó a detenerme, a escuchar mi historia y a darle un lugar a todo lo que había dolido.
Iniciar mi propio proceso de sanación me permitió entender que no se trataba de borrar el pasado, sino de integrarlo con amor. De reconocer el miedo, la tristeza y la soledad que me acompañaron, y ofrecerles hoy la contención que entonces no tuve. Poco a poco, ese dolor que alguna vez fue abrumador se transformó en conciencia, en empatía y en una profunda capacidad de comprender los procesos emocionales de otros.
Mi historia dejó de ser una sucesión de pérdidas para convertirse en un camino de transformación.
Ahora entiendo que todo lo que atravesé también me estaba preparando para sostener a otras mujeres en sus propios procesos. Haber caminado por el dolor, la confusión y la reconstrucción durante el trayecto de mis 53 años de vida, me permite hoy acompañar desde un lugar real, humano y empático. No hablo solo desde la teoría, sino desde la experiencia de haber sentido, caído y vuelto a levantarme. Y es ahí, en ese encuentro genuino entre historias, donde la herida deja de ser solo herida… y se convierte en puente para sanar juntas.
Todas tenemos una historia que puede iluminar el camino de otra mujer